Hace 90 años, el golpe militar del 18 de julio de 1936 provocó una Guerra Civil que llenó España de muerte, miedo y sufrimiento.
Murieron amigos, vecinos y familiares; se rompieron hogares y se dividieron pueblos enteros.
Los vencedores fueron presentados como héroes y los vencidos quedaron condenados al silencio, la persecución y el olvido.
Después llegaron casi cuarenta años de dictadura franquista.
Décadas sin libertad, sin pluralismo político y sin una democracia en la que todos los ciudadanos pudieran expresarse, organizarse y elegir libremente a sus representantes.
La democracia no fue un regalo. Fue una conquista conseguida con esfuerzo, sacrificio, diálogo y generosidad.
Muchas personas que habían sufrido la represión renunciaron a la venganza cedieron unos y otros para que sus hijos pudieran vivir juntos, en paz y en libertad.
Soportaron silencios, desprecios y heridas nunca reparadas, pero apostaron por la convivencia.
Hoy la historia no se repite de la misma manera, pero la confrontación ha adoptado nuevas formas.
Durante los últimos años, la pérdida del poder político por parte de la derecha, ya fuera por casos de corrupción o por acuerdos y pactos parlamentarios entre partidos progresistas, ha intensificado una estrategia de desgaste permanente contra los gobiernos elegidos democráticamente.
La presentación continua de querellas, la utilización partidista de determinados procesos judiciales y la búsqueda de titulares que permitan imputar, señalar o desprestigiar a adversarios políticos forman parte de una peligrosa judicialización de la democracia.
Las denuncias deben investigarse siempre, pero la justicia no puede convertirse en un instrumento para ganar en los tribunales lo que no se ha conseguido en las urnas.
A esta estrategia se suman las noticias falsas, los bulos difundidos en redes sociales, las campañas de comunicación financiadas por intereses económicos y la creación diaria de un ambiente de crispación.
Cada mañana se alimenta la idea de que el adversario político no es alguien con quien debatir, sino un enemigo al que hay que destruir.
Esta no es una guerra con fusiles ni ejércitos, pero sí es una batalla diaria contra la convivencia, la verdad y la confianza en las instituciones.
Una guerra política, mediática y judicial que busca dividir a la sociedad y debilitar los gobiernos legítimamente constituidos.
La democracia necesita oposición, crítica, controles y una justicia independiente.
También necesita políticos honestos, medios responsables y ciudadanos capaces de distinguir entre información y propaganda.
Lo que no necesita es odio, mentiras ni estrategias destinadas a enfrentar otra vez a españoles contra españoles.
Hoy los ciudadanos tenemos más formación, más cultura y más posibilidades de acceder a la información.
Debemos utilizar esas herramientas para pensar libremente, no para convertirnos en transmisores de insultos, bulos y enfrentamientos.
Quienes perdieron la Guerra Civil no educaron a sus hijos sin. odio. A pesar del dolor, aprendieron a convivir con quienes habían ganado y soportaron durante décadas la falta de reconocimiento y de respeto. Su ejemplo no puede ser utilizado ahora para imponer un nuevo silencio.
No podemos permitir que quienes nunca aceptaron plenamente los avances sociales, los derechos laborales, la igualdad o la diversidad conviertan la democracia en un campo de batalla permanente.
Defendamos lo conseguido: la libertad, la justicia social, los servicios públicos, la igualdad, los derechos de los trabajadores y la posibilidad de cambiar los gobiernos mediante el voto.
Que nadie nos robe de nuevo la esperanza.
Que nadie nos obligue a retroceder. Defendamos la democracia con firmeza, pero también con respeto. R
Respondamos a la mentira con verdad, al odio con convivencia y a la intolerancia con libertad.
Pablo Carrillos Huertas
