La Rambla en mí
Desde niño me ha fascinado la Rambla, sobre todo a su paso por el pueblo.
La última vez que oriné mi cama en la casa del yayo “L’Hereu”, en la calle Mayor de Petrer, creo que todavía estaba viva la yaya Malena.
La cama meada, qué verguenza, la provocó un sueño que tuve, echando el chorro desde el terraplén lleno de basura lanzada por los vecinos de las cercanías, que iba a dar al fondo de la Rambla.
No recuerdo si estando despierto eché una meada tratando de llegar lejos, pero, sin duda, deseé hacerlo muchas veces, aunque creo que no lo hice, porque, bastante solitario, yo era un niño muy tímido, y nunca he podido orinar con público, ni siquiera imaginario.
Mi madre me decía: “Eras un bebé tan bueno..., todo el día tumbado en la cuna y yo haciendo tantas cosas, sin atenderte ni poder cogerte en brazos, a veces me acercaba, te hacía una caricia o una carantoña, y tú sonreías. Tenías la coronilla pelada”.
Al volver de Madrid, donde nací, vivimos en la casa de los abuelos, junto a mis tías, María y Elia, con sus hijos. María, su marido Vicent Verdú ‘Toñina’ y familia, fueron los primeros en irse, a una casita de la calle La Huerta.
A su espalda, en la calle hoy llamada Constitució, ya habían tomado sendas casitas contiguas mi tío Paco Mollá con Justa y mi tía Pepita, con su esposo, el primero de los Ricardos ‘Patarros’ que yo conocí.
Trabajaba de chófer para la fábrica de los Villaplana, dueños también del conocido ‘chalet’.
Mi tío Patarro también era el portero del cine Cervantes. Cuando pusieron “Los pájaros” de Hitchcock, decía que era una estafa, que un puñado de cazadores de Petrel con sus escopetas, habrían acabado con el problema en un plis-plas.
Él era cazador, claro, aunque cazador de hurón, sin escopeta.
También lo era su hijo, él sí armado, y salí algunas veces con él, no sé que edad tenía yo, de ocho a once, creo.
Me gustaba salir con él, más por el paseo en el monte que por la caza misma, aunque siempre regresaba exhausto.
Recuerdo una vez que él disparó su escopeta y yo, que sólo había visto un atisbo fugaz de la pieza, corrí más que el perro para cobrarla y Ricardo, llegando junto a mí, vio mi expresión algo decepcionada, sujetando una perdiz, yo, que tenía la esperanza de que fuera algo diferente, dije, abatido, - ¡Una perdiz! Y él me dijo: -Pues claro, ¿que creías que era, una avutarda...?
La verdad yo esperaba que fuera, no sé, una abubilla, un pájaro carpintero, algo distinto (de avutardas no sabía nada aún).
Perdices ya había visto algunas. Ahí, creo que Ricardo vio que yo no tenía madera de cazador, pero intentó tentarme un día y, dándome su escopeta, me dijo: “Da la vuelta a ese collado, que yo subiré por ahí, seguro que levanto alguna perdiz y tú le podrás disparar”. Eso hicimos, yo no muy convencido.
Hasta entonces, sólo había disparado con un rifle de perdigones y hasta tenía pesadillas con cada gorrión que derribé.
Un día, en la Pinada, cometí un asesinato muy vil y creo que ya no repetí durante una temporada.
Era un pajarillo que estaba cantando y, como buen músico, con los ojos cerrados y el pico levantado. Eso creo, pues no me vio llegar al pie del pino, disparé y el pobrecito seguía intentando cantar mientras caía. Su muerte me perseguía en los sueños.
A pesar de la revelación de que mi primo era un matador aún peor que yo, pues sus presas eran mayores: perdices, palomas, conejos, alguna liebre, tordos..., en fin, lo habitual, algo que también hacían muchos otros cazadores en el pueblo y en la mayoría de otros pueblos.
Sólo en las ciudades no se suele cazar y algunos de sus habitantes masculinos están toda la semana esperando que llegue el domingo y los meses esperando que se abra la veda.
A pesar de lo dicho, sé que mi primo era muy bueno y me quiso siempre; toda la familia eran muy cariñosos unos con otros y también conmigo.
En la academia de Don Emilio, en Elda, donde yo estudiaba el bachilerato, teníamos un profesor de gramática y literatura llamado Rafael Maestre que, tienpo después, fue director del grupo de teatro Coturno, donde yo también estuve. Rafael solía pedirnos que hiciéramos una redacción sobre algún tema y era implacable juzgándolas.
En una ocasión yo hice una sobre mis jornadas de caza con mi primo, donde decía que lo que más me gustaba era la pausa para almorzar, regada con la bota de vino, en la que los cazadores contaban jornadas y lances del pasado, relatos plagados de exageraciones, bromas y mentiras. Rafael, después de esa redacción, me hizo uno de sus alumnos adoptados.
Mi primo Ricardo también me prestó dos de los libros fundamentales de mi paso de infancia a adolescencia:
Las mil y una noches y Las memorias de Casanova: "Guárdate del que ha leído un solo libro", una frase de ese libro que me acompaña hasta hoy.
Me echaron la bronca, años después, con mi tío Paco como portavoz, por mi intención de marcharme a Brasil y más tarde, de quedarme en Madrid, abandonando a mi madre.
No sé si alguna vez le dije a alguno de ellos, que era algo inevitable, al fin y al cabo, crecí escuchando historias de los mayores, desde el abuelo Francisco, su hijo Paco, mi tía Pepita, mi tía María... Historias sobre Brasil, según la experiencia de cada uno y su edad, durante los años en que vivieron allí.
El abuelo, con su extraordinaria memoria, recordaba los nombres y nacionalidad original, de cada uno de los vecinos que tuvo, hasta de los japoneses.
El tío Paco contaba historias de la selva, sus animales y árboles, y también aventuras inventadas de un héroe de puntería infalible, llamado el “Coyotico”, el diminutivo inventado en beneficio de Pepito Conejero, niño eldense, que había sido vecino de mis tíos, durante su estancia en Elda, todavía desterrados de Petrer, hasta que dicho destierro se levantó y pudieron regresar al pueblo.
Mi tía María contaba que había nacido en Brasil, poco antes de que todos ellos se embarcaran para regresar a su tierra, y que durante la travesía había estado muy malita, y otra mujer embarcada le decía a su madre: “Señora, tírela al mar, que esta niña no va a sobrevivir”.
Recuerdos contados. Pero estaba intentando evocar mis propios recuerdos de la Rambla de Puça, que yo conocía a su paso por el pueblo y hasta el Molino del Pintxo, ya que mis tíos Gabriel Román y Elia Mollá habían comprado una parte de ese caserón y pasábamos parte del verano allí, al pie de la Sierra del Caballo.
En la parte de la Rambla que hoy está debajo del moderno viaducto había unas cuevas y mi abuelo contaba que allí vivía una familia gitana, que fueron expulsados del pueblo.
También recordaba, creo que contado por sus mayores en tradición oral, la expulsión de los mudéjares (moros paliers), que habían sido los artífices de la agricultura en terrazas, de la que hoy aún quedan abundantes vestigios.
La Rambla también ofrecía ocasionalmente espectáculo dramático. ¡Ha salido la Rambla! Y todo el pueblo acudía para ver qué arrastraba: muebles, algún animal... una cabra, un burro y, más recientemente, algún que otro automóvil.
Además de llevarse gran parte o todo el vertedero en terraplén, según el caudal. Un vertedero de inmundicias arrastradas al Vinalopó. Inmundicias sí, pero orgánicas, ya que por entonces apenas había plásticos, los envases de cristal, los cascos, se devolvían y te descontaban algo de la siguiente bebida que comprabas, y los envases de lata se reutilizaban para recoger algún material, generalmente de la incipiente industria zapatera, clavos, gomas...
Era, entonces, basura de la que hoy llamamos biodegradable, orgánica, que alimentarían a parte de la fauna piscícola del Vinalopó y de la costa de Santa Pola, donde desemboca. Me cuenta mi primo Vicent, hijo de María y "Toñina", que, en una ocasión, la rambla se llevó gran parte del huerto del Molí del Pintxo y algún animal. Supongo que fue antes de que una parte del caserón fuese propiedad de mis tíos Gabriel y Elia.
Siempre que vuelvo al pueblo no falta mi visita a la rambla, para ver si trae algún agua o está seca (más frecuente) y, ocasionalmente, para recoger algo de basura plástica, esa epidemia.
Pero no todo es triste. Con el tiempo se ha creado, en una parte, un pequeño bosque de galería de modo espontáneo, natural. Siendo mi sobrino Antonio un niño, recuerdo que traté de enseñarle a plantar sauces, cosa bien simple, a partir de sus varas, cortándolas en partes de un palmo, teniendo cuidado de enterrar en el barro el lado que estaba, antes de cortarlo, más cercano al tronco.
Hay algunos en la zona del puente cercano al antiguo matadero, hoy convertido en un bonito parquecillo, donde hay una erguida encina joven. Sí, algunas cosas están mejor.
Pero, si tenemos una riada de la rambla de las catastróficas, en modo inundación, arrastraría una basura diferente de la de entonces, aumentando la contaminación plástica del río y del Mediterráneo.
Y también recuerdo que, desde lo alto del acueducto, en la trasera del antiguo matadero, nos juntábamos algunos niños empuñando nuestros rifles de balines para tirarles a las abundantes ratas que pululaban, alimentándose de los restos de carnaza que eran abandonados allí. También disparábamos en La Pinada e incluso de noche, armados de linternas, a los gorriones dormidos en las ramas.
Una cobardía, lo sé, pero así de brutos éramos.
También recuerdo las batallas a pedradas con los niños de Elda en la zona donde hoy está el Instituto de La Canal.
Ahora también me acuerdo de Ramón López Abad, esposo de mi tía Carmen y padre de mi prima del mismo nombre.
Aunque sólo lo recuerdo por fotos con él y de cosas que me contaba mi madre, ya que yo tenía dos años cuando murió. Me contaron que él era un tremendo bromista. Vivían en una casa detrás de la iglesia, vecinos a su compinche Luis el "Limpia". Mi primo Vicent me contó una de esas bromas a una vecina mayor que oyó llamar a su puerta y una voz suplicaba llorosa "Una limosna, por favor, deme algo". Cuando abrió era Ramón desternillándose de risa.
También mi madre me contó un par de sus bromas. La primera tuvo lugar en el bar de Panets que, en la época debía ser uno de los más populares y frecuentados del pueblo.
Era grande y estaba situado en la esquina de la calle Gabriel Payá con la que va hacia la explanada, enfrente de la casa de los Villaplana, hoy llamada José Perseguer. Había una noche una mesa con varios paisanos jugando a las cartas cuando, uno de ellos, se durmió sentado.
Cuando lo vio, Ramón, en voz baja, dio instrucciones a los otros presentes.
Sigilosamente cerraron todas las ventanas y apagaron las luces. Cuando todo estaba preparado, los presentes despiertos fingieron hablar y hacer los ruidos normales del bar, de una partida de cartas... y alguien llamó al durmiente:
-"Che, tira que te toca!"
-"¿Qué? ¡¿Qué?! ¡!!Encended la luz!!!"
-"¿Qué luz? ¿Juegas o qué?"
-"¡Que encendáis la luz!"
-"La luz está encendida. ¿Juegas o qué?
- ¡Ay Dios! ¡¡¡Me he quedado ciego!!!
No me contaron cómo reaccionó el embromado cuando supo la verdad.
La otra broma de Ramón que me contó mi madre se la hicieron a otro de sus amigos, que tenía una casita en un campo fuera del pueblo y solía irse allí los fines de semana, siempre a la misma hora y el mismo camino.
En esa ocasión le salió al paso uno de sus amigos, que le dijo algo así.
-"¡Pero hombre! ¿Qué te ha pasado? ¿Te encuentras bien? ¿A dónde vas así?
- "¿Así cómo? Voy al campo, como siempre".
- ¿¡¡Al campo!!? ¿Y si te pasa algo allí, tan lejos del pueblo? Yo de ti, me volvía a casa.
- ¡Tonterías! ¡Estoy bien! ¡Adiós!
Un poco más adelante se cruzó con él otro de los cómplices:
- "Hola, ¿a dónde irás de esa manera?"
- "Al campo, claro, ¿de qué manera?"
- "Con esa cara de moribundo. ¿Te ha visto el médico?"
- "¿El médico? ¡Si estoy bien!"
- "¿Bien? Yo de ti no me fiaría. Yo te veo fatal".
Un poco más adelante encontró a otro de los cómplices, que le abordó en parecidos términos, hasta que el embromado regresó a su casa, lamentándose y creyendo que su fin estaba cercano.
Así parece que era mi tío Ramón. Mi madre decía: "Claro, es que entonces no había televisión y en algo tenían que entretenerse"
Tanto se entretuvieron que, cuando Ramón murió repentinamente, nadie lo creyó. Pensaban que era otra de sus bromas.
Murió de un infarto al lado de la rambla, frente al cementerio viejo, camino de la cueva de su cuñado Patarro, llevando a mi hermana, de cuatro años entonces, de la mano.
En fin, me he extendido un poco. Mi intención era llamar la atención sobre la basura en la rambla, que yo intento paliar un poco, aunque no mucho, debido, no sé, a la pereza... al desánimo al ver que no sirve de mucho, de que en la siguiente visita sigue habiendo mucha basura: envases plásticos, latas...
Mi intención era ver si se podría organizar algo para limpiar, tal vez los niños de los colegios, o los chavales de instituto, educándoles para ser ciudadanos más responsables, tal vez los bomberos como ejercicio cuando no haya incendios.
Mi primo Vicente me cuenta que con sus compañeros del Centro Excursionista organizan periódicamente campañas de limpieza de los montes y parajes cercanas al pueblo:
-"En las primeras campañas recogimos un montón de basura pero, recientemente, sólo un poco"
Así que la educación va mejorando. Está bien. Ahora hace falta que alguien más se preocupe por la limpieza de la Rambla.
También con mi primo Vicente comentamos sobre el resto de la Rambla que yo conocía, hasta La Almadraba, donde había algunas pozas, que entonces llamaban "tolls", donde tomábamos baño, cuando en verano, todavía conservaban agua, aunque el resto de la rambla estuviera menos húmeda.
En aquellos tiempos no había en el pueblo ninguna piscina, solo balsas de riego, donde también se ofrecía baño, rodeados de ranas y otros anfibios y demás fauna.
Me dijo también mi primo, cuando leyó lo que había escrito hasta entonces.
- "Escribe también una sugerencia al Ayuntamiento: Que arreglen la rambla con un sendero o paseo para usarla recreativamente para los vecinos. Así serán ellos los que organicen la limpieza y fiscalicen y traten de educar a los que hoy todavía la ensucian".
Ya está dicho.
Ahí lo dejo.
Rodolfo Poveda Mollá
De Petré, Petré, 40 años en Radio3, jubilado, ha vuelto a su pueblo, bienvenido

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