miércoles, 4 de abril de 2018

PREGON DE LAS FIESTAS DE MOROS Y CRISTIANOS DE 1968







Desde los pies a la cabeza: para acabar en el tocado de la Dama de Elche, que es señora del contorno, empezó a calzar, con amor y esmero, el pie que anda.

La tradición altanera que hoy es realidad de cerámica industrial, demuestra el amor del hombre por la tierra. "Tierra que incita, luminosa y con contento de vivir", dijo de este lugar Miguel de Unamuno.

Placa entregada a Maria Antonia en 1968
Tierra, humanizada, entrañable, sencilla nos atreveríamos a añadir. En medio de las medidas sacadas de quicio de las grandes urbes, todavía es posible encontrar sobre suelo español rincones como éste donde la gente se conoce por sus nombres, donde la vida se hace en común, como algo que a todos importa, y donde la batalla diaria del vivir y del trabajar es una victoria del hombre y del pueblo.

Parecen dichos para aquí aquellos sonoros y humanos versos de Miguel Hernández, el poeta de la vecina Orihuela, que conoció bien el frescor de estos prados, el amor de estos lugares y soportó la inclemencia de la urbe y que en su hermoso Silbo de afirmación de la aldea, dice:


“Aquí la vida es pormenor: hormiga,
muerte, cariño, pena,
piedra, horizonte, río, luz, espiga,
vidrio, surco y arena.

Aquí está la basura
en las calles, y no en los corazones.
Aquí todo se sabe y se murmura:
No puede haber oculta la criatura
mala, y menos las malas intenciones.

Nace un niño, y entera
la madre a todo el mundo del contorno.
Hay pimentón tendido en la ladera,
hay pan dentro del horno,
y el olor llena el ámbito, rebasa
los límites del marco de las puertas,
penetra en toda la casa
y panifica el aire de las huertas”.

De la mano de la limpia, tersa y fragante prosa de Azorín conocí hace muchos años a Petrel. Desde entonces y a través de las páginas de aquel libro "Antonio Azorín", conozco sus diáfanos cielos, su refulgente caserío y los coloreados matices de su paisaje. Cuando a los doce años leía aquello de
 
            "Petrel se asienta en el declive de la colina, solapado en la fronda, a la otra parte del Valle de Elda, dominando con sus casas blancas y su castillo bermejo el oleaje, verde, gris, azul, de la campiña".

creía que Petrel no existía y que Azorín inventaba de corrido la presencia de un pueblo levantino en el que ocurrían circunstancias comunes a la realidad de tantos otros. Pero allí estaba la geografía prestándole  verdad, realidad y vida. Años más tarde un indicador en la  carretera me confirmó su existencia al borde de la ruta que lleva a la azul placidez del Mediterráneo. Desde un recodo pude divisar su blanca estructura arracimada en torno a las piedras doradas del castillo y de la iglesia. Todo ello era, pese a los años, trasunto fiel de la prosa azoriniana, impecable estampa bajo el nítido azul del cielo.


El año pasado ocurrió la circunstancia feliz, la ocasión alegre, de venir a Petrerl a presenciar sus fiestas, y desde entonces su conocimiento es algo entrañable para mí. Ha pasado de ser algo literario o paisajístico para convertirse en algo vivo, palpitante y tan querido que se me hace imposible pasar por la carretera si recorrer aunque solo un momento sus calles. Porque sus fiestas han realizado este hecho de convertir en cosa propia lo que antes era lejano, es por lo que he comenzado con este prólogo tan personal y quizás tan escasamente interesante para ustedes pero que para mí supuso algo sustancialmente importante.

Por razones de mi trabajo en el Ministerio de Información y Turismo y por afición propia, he recorrido toda España y he aprendido a amar la belleza de cada región, el encanto de cada paisaje, el arte de cada monumento, la gracia de sus fiestas, de su folklore. Todo en España es variado y distinto. Encanta y sorprende cómo en un solo país pueden darse matices tan diversos, variantes tan espectaculares, aspectos tan diferentes. Probablemente si tres extranjeros vinieran a España por caminos distintos, es decir, que uno entrase por el Norte otro por levante y un tercero aterrizase en Castilla, al retornar a su tierra hablarían de tres países distintos tanto en el paisaje como en sus costumbres, como en sus gentes. Y esta multiplicidad, este mosaico colorista y unánime que es nuestro país es sin duda lo que le presta su mayor encanto y atractivo. Y es por esto por lo que he podido valorar con entusiasmo las peculiares notas distintivas que concurren y acrecientan estas fiestas petrerenses en las que convergen toda la gracia, luminosidad y alegría de las fiestas levantinas.

Es evidente que las celebraciones festeras españolas son tan abundantes como diversas en su presentación y contenido. Esta diversidad se manifiesta como un espléndido abanico de luz y color.

Todo el calendario de enero a diciembre está jalonado de ferias, fiestas y festejos que no dejan un solo día libre y que de S. José al Pilar se acumulan en un haz brillantísimo de fiestas mayores. Suelen darse como arquetipos de las fiestas mayores españolas las de la Fallas, La Feria de abril en Sevilla y los sanfermines. Las fallas son la eclosión de la luz y del color, la feria sevillana es la fiesta de la alegría y de la cortesía y los sanfermines constituyen el paradigma del valor. Pero, ¿Dónde situaríamos a tantas otras fiestas grandes o pequeñas como pueblan el almanaques español? Todas y cada una son originales y auténticas y todas y cada una merecerían un estudio, una atención especial. Así llegamos a estas fiestas de Petrel gracias a Dios, una bonita población como en tiempos de Azorín, con su castillo arruinado y

            "su plaza grande, callada, con una fuente en medio y en el fondo una iglesia. La fuente es redonda; tiene en el centro del pilón una columna que sostiene una taza; de la taza chorrea por cuatro caños perennemente el agua. La iglesia es de piedar blanca: la flaquean dos torres achatadas; se asciende a ella por dos espaciosas escaleras. Es una bella fuente que susurra armoniosa, es una bella iglesia que se destaca serena en el azul diáfano. Las golondrinas pían y pían en torno de las torres; el agua de la fuente murmura placentera y un viejo reloj lanza de hora en hora sus campanadas graves, monótonas".

Pero Petrel es también ahora -y también gracias a Dios- una población activa, moderna, proyectada con fuerza hacia un futuro alegre y próspero. Su alto tono vital se advierte nada más pisar sus calles, pero se convierte en remolino de vida y expresión cuando sus fiestas marcan el cénit de su actividad. Es un pueblo que trabaja, que vive, y que sabe expresar su vitalidad en unas fiestas cuya belleza se manifiesta no sólo en su expresión externa, tan admirable, sino creando, enriqueciendo, degustando, la espectacularidad de la fiesta. Y está esa entrañable tradición que ya de padres a hijos y que pone cada año una nota emotiva y afectuosa al producirse el relevo inevitable en esa cadena continua que es la propia vida. Todo ello ha sido contado y cantado múltiples veces y no es mi palabra la más autorizada para encomiar la belleza de dentro t de fuera de las fiestas petrelenses, su contagiosa alegría, su magnífico esplendor, su claro y distinto sentido de lo espectacular y lo bello, el singular derroche de ingenio y de sentido estético, la placentera y viva expresión que por todo Petrel se expande,  la negación del cansancio y ese  increíble, extenso, completo sentido de la hospitalidad que hace que nadie se sienta extraño, ni siquiera invitado, sino partícipe de su alegría y de su entusiasmo, miembro activo de una bulliciosa colectividad donde toda la cordialidad tiene su asiento y donde la bondad y nobleza del corazón resplandecen esplendorosamente.

Ya empieza a bullir en el ambiente la emoción festera que dentro de pocos días se plasmará en el brillante repertorio de sus desfiles, de esas comparsas prodigiosas en las que desde la gentil abanderada hasta el último cristiano o árabe son interpretes acabados del amor a Petrel, del amor a este Bonifacio mártir que desde la cumbre de su ermita reparte milagrosas bendiciones sobre estos hombres y mujeres que bajo el cielo levantino saben hacer fructificar la tierra, el trabajo y la alegría. Yo pido a Dios porla intercesión de este santo mártir que proteja por siempre a Petrel de los males del espíritu, que conserve en su corazón sano y limpio para que en él tengan siempre albergue las virtudes de la nobleza e hidalguía que hoy son su más cabal definioción y lema.  Y que cuando las campanas señalen el inicio feliz de las fiestas de 1968 cada petrelense se sienta orgulloso y contento de lo que hombro con hombro han logrado para que todos juntos se sientan humanamente alegres, satisfechos y capaces de hacer participar a los de fuera de su manera de hacer, de su modo de vivir, de gozar y de expresar su gozo.

Mª Antonia Rodulfo


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